¿Alguna vez te quedaste mirando una carta de tarot y pensaste: “Wow, ¿por qué siento que esa imagen me habla más de lo que debería?” A mí me pasó la primera vez que alguien me hizo una tirada improvisada en una cafetería. No buscaba respuestas mágicas, solo quería matar el tiempo… pero salí pensando en cosas de mi vida que ni siquiera tenía en el radar.
Lo curioso es esto: el tarot no tiene por qué ser solo un oráculo de adivinación. Más bien, puede ser un espejo brutal —sí, de esos que te obligan a mirarte bien y aceptar lo que ves—.
Si lo piensas, el tarot es básicamente un conjunto de símbolos y arquetipos. Cada carta es como una metáfora que se adapta a lo que estás viviendo. No es tanto que las cartas “te digan” qué hacer, sino que te ayudan a conectar con pensamientos y emociones que ya estaban en ti.
La primera vez que lo entendí así, cambió por completo mi manera de verlo. No era algo externo dándome órdenes, era más como una herramienta de autorreflexión.
Una vez lo hice con la carta del Colgado y terminé dándome cuenta de que llevaba meses en pausa por miedo a tomar decisiones. Brutal, ¿no?